martes, 20 de mayo de 2014

DOS AÑOS DE SOLIDARIDAD CON EL REY DE LOS QUESOS




El domingo 20 de mayo de 2012 a las 4.03 de la mañana, la tierra tembló en Emilia.
Un terremoto de magnitud 5,9 de la escala Richter seguido de muchas otras sacudidas de intensidad elevada, asoló la porción de  llanura emiliana comprendida entre las provincias de Reggio Emilia, Módena, Ferrara y Bolonia. Mi tierra.
Recuerdo las primeras llamadas de teléfono de amigos y familiares, – decían asustados –
El panorama de las primeras imágenes que llegan a través de los medios era desolador. El balance humano es muy grave: mueren 29 personas, hay más de 300 heridos. Por la noche los que aún tenían casa, seguían en la calle.
Por primera vez en Italia, el terremoto ha interesado una zona densamente poblada, con una altísima industrialización, una agricultura floreciente y una elevada tasa de ocupación. En la zona reside más de medio millón de personas de las cuales  45.000 han tenido que abandonar sus casas. Un durísimo golpe ha sido infringido en el corazón de la economía italiana: en el epicentro se produce el 2% del producto interno bruto italiano. Allí surgen importantes distritos bio-medicales, mecánicos  y textiles.  Es la tierra del Aceto Balsamico Tradizionale di Modena, del Lambrusco y del Parmigiano Reggiano.
El lunes por la mañana llegan rumores de que el terremoto ha afectado seriamente también la producción de Parmigiano Reggiano, aunque las noticias son escasas y confusas. En unos días llega el balance: 300.000 formas de Parmigiano Reggiano han caído al suelo y muchas queserías y ganaderías han quedado severamente dañadas o inhabilitadas. Los dos tercios de la producción del año perdida. He nacido en el seno de una familia de productores, llevo casi veinte años trabajando para su tutela y promoción y un escalofrío baja por mi espalda.
El 29 de mayo, el segundo violento terremoto.
Cojo el primer avión y, comprobado que a mi familia solo le han quedado un enorme susto y un montón de grietas en las paredes, me aproximo a verificar como se encuentra mi “otra familia”, la de los productores de Parmigiano Reggiano.
No podeis siquiera llegar a imaginar lo que significa ver un grandioso almacen de curación, con sus imponentes hileras que llegan hasta el techo altísimo, llenas de millares de quesos curándose en la oscuridad, completamente derrumbadas. Un amasijo de hierros y maderas resquebrajadas  mordiendo y desfigurando toneladas de queso lacerado sin piedad. Una escena dantesca.
37 queserías dañadas, 600 ganaderias afectadas, 600.000 formas caídas (más de 110 millones de euros de daños solo en lo referentes al producto) …y me saltan las lagrimas.
Fue solo un pequeño sobrecogimiento. Por un momento me había olvidado de donde estaba y de que pasta están hecho los emilianos. Alrededor mío en efecto no había rabia o lamento sino un torbellino de actividad, seria y eficiente, organizando la reconstrucción.
No se había perdido ni un día de producción gracias a la red de solidaridad entre productores y queserías que, desde la madrugada del primer terremoto,  en pocas horas distribuyeron materia prima y personal para seguir con la producción. En cuanto los ingenieros dieron acceso a las estructuras dañas comenzaron las obras de recuperación, selección, distribución y nuevo almacenamiento.
Durante aquello primeros días ni siquiera el tiempo fue clemente. Primero llovío sin parar y luego llegó el calor de junio volviendo sofocantes las tiendas de campaña o las estructuras precarias bajo la que operaban expertos y voluntarios. Mano a mano que el queso venía liberado de los escombros, analizado y determinado si y cuanto de cada forma podía salvarse.
La población emiliana reaccionó con fuerza ante la desventura y puso en marcha la máquina de la solidaridad provocando un boom de peticiones de adquisiciones del queso afectado que pudo salvar milagrosamente el sistema productivo.
Miles de voluntarios organizaron las ventas y para evitar que las queserías quedaran colapsadas, el Consorzio de Tutela del Parmigiano Reggiano cogío las riendas de la gestión de la avalancha de peticiones que llegaban de todo el mundo. En las principales cadenas de supermercados de todo el país por cada kilo de Parmigiano Reggiano comprado un euro se destinaba al fondo para la reconstrucción.
Una sobrecogedora muestra de cariño y aprecio por este gran producto que tras mil años de historia basaba por sus horas más bajas.
Este breve relato de lo que ha significado para mi vivir el terremoto a través de este producto, es mi pequeña contribución para no olvidar, para seguir luchando y para honrar a una zona que sufre y seguirá para siempre herida y ofendida. La reconstrucción continuará durante muchos años, décadas y habrá sectores y vidas que nunca volverán a ser las mismas. La solidaridad con Parmigiano Reggiano es testimonio que a través de muchos pequeños gestos se pueden obrar milagros.


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